Por Piezas – Relato erótico

Primera pieza. 
El ruido del motor del coche me hizo protestar en voz alta a la vez que golpeaba el volante varias veces con las manos. Miré el humo que comenzó a salir del capó del vehículo ya parado y esa vez me lamenté mientras apoyaba la parte de atrás de la cabeza en el asiento, acariciándome el rostro para intentar liberar el estrés.
Genial, ahora perdería más tiempo en llegar a mi destino. Estiré el brazo para alcanzar la mochila que descansaba en el asiento del copiloto y busqué mi teléfono en los bolsillos delanteros. Lo desbloqueé y bufé al ver que no había ni una rayita de cobertura. Observé la larga carretera casi desértica, y ya empecé a notar una gota de sudor resbalando por mi sien. ¿Qué temperatura hacía en ese instante? Mínimo 104º Fahrenheit. Seguramente más, o lo que era lo mismo: la muerte.
Bajé del coche y empecé a moverme unos pasos hacia delante y otros hacia atrás de donde estaba mi coche parado, con el teléfono móvil en alto intentando buscar la mínima señal. Me mordí el labio y usé el coletero que llevaba en la muñeca para recogerme el abundante pelo rizado. No podía más.
Fui hacia el coche, me quité la fina chaqueta que me puse antes de salir —el aire acondicionado acababa dándome frío—, y me coloqué la mochila sobre los hombros antes de caminar hacia a saber dónde en busca de un área de servicio o algo por el estilo para poder pedir ayuda.
El sudor me recorría y me preocupé por la ropa que había en mi mochila, seguramente estaba comenzando a mojarse —no era muy buena que se dijera la tela de mi único equipaje—. Me pasé el dorso de la mano por la frente para retirar esas gotitas molestas que se acumulaban en mis cejas y por fin vi algo tras casi diez millas caminando. Las piernas casi no las sentía y me arrepentí de no haber aprovechado un poco más el gimnasio que pagué de forma impulsiva por la oferta anual que ofrecieron. Al final pagar un año por el ahorro e ir solo la primera semana era menos rentable que pagar un único mes.
Intenté avanzar más rápido, a pesar del dolor en la parte anterior de los muslos. No supe qué debía hacer primero: preguntar por un teléfono o pedir agua de forma urgente. Era un pequeño motel de carretera, pero le servía mucho más que seguir bajo el sol abrasador en aquel camino desierto. Parecía que era la única persona del mundo que había decidido viajar ese día. Al menos por esa zona.
—¿Hola? —pregunté cuando no vi a nadie en el mostrador, pero no apareció ni un alma ni había la típica campanita para anunciar la llegada de un nuevo huésped. Si es que allí se hospedaba gente.
Busqué por el lugar un teléfono que quedara a la vista, aunque fuera de pago, pero el único que encontré fue tras el mostrador, y echándome ligeramente sobre él. Me planteé el usarlo prestado, visto que no había nadie allí a quien preguntar de forma educada, pero ¿y si me veían? Sería peor, y más si le tocaba el típico hombre amargado y desagradable que trabajaba por obligación, sin ganas y no veía a nadie en mil años.
—Hola, ¿puedo ayudarte en algo?
¿Grité? Sí.
¿Me llevé la mano al pecho a la vez que giraba sobre mi misma de forma absurda? Sí.
¿Había adoptado la cara de espanto más ridícula del mundo? Sí.
¿La chica que tenía frente a mí era tremendamente atractiva y me estaba faltando el aliento más que de normal por un simple susto? También. No iba a engañar a nadie.
La chica en cuestión, morena de piel y con rasgos claramente latinos, me observaba con media sonrisa mientras limpiaba una especie de herramienta metálica con un paño blanco —aunque tiraba más a negro—. Intenté no recorrerla, pero llevaba una camiseta blanca de tirantes con escote en pico y un mono azul desabrochado manchado de grasa, quedando únicamente como pantalón mientras que la parte de arriba caía hacia abajo por la zona de sus caderas. Podía ver también rastro de grasa en su mejilla derecha y su pecho, y su pelo era largo y castaño, recogido en una coleta alta acompañada de alguna que otra trenza. Tendría unos veintiséis como mucho y yo continuaba analizándola en vez de contestar a su pregunta, porque podría ayudarme, sí. De muchas formas.
—Hola —la saludé, intentando que mi sonrisa no saliera muy estúpida—. Soy Luna, se me ha parado el coche a unas diez millas de aquí y buscaba un teléfono para pedir ayuda. No tengo nada de cobertura.
—Hola, Luna, encantada. —La chica se acercó a donde yo estaba y se limpió la mano en el mono, sobre su muslo, antes de ofrecérmela para estrechársela—. Yo soy Raven. ¿En serio has venido andando diez millas con este calor?
—En serio.
La chica sonrió ampliamente y casi tuve que ponerme las gafas de sol por el deslumbramiento. En serio, menuda sonrisa más increíble. Después, se lamió los labios antes de mirar hacia atrás.
—No sé si te has fijado, pero esto está muy desierto. Y no has sido la única que ha tenido problemas hoy con su coche. —Se señaló a sí misma—. Lo soluciono y vamos a recoger el tuyo. Soy mecánica y, si te fías de mí, no necesitarás llamar a por ayuda.
—Muchas gracias, Raven.
Ambas sonreímos.
—Supongo que has pasado calor ahí fuera.
—Bastante, la verdad —admití.
—Si quieres, puedo darte la llave de una habitación y te das un largo baño mientras termino de solucionar lo que le ha pasado al idiota de mi coche.
—Oh, no quiero molestar.
—No molestas, al contrario. —Raven alzó ambas cejas antes de girarse y caminar al mostrador, y yo aproveché para hacer un recorrido de su espalda y lo que ya no se podía llamar de esa forma.
—Solo porque insistes —acepté y apoyé los antebrazos en la superficie mientras ella sacaba una libreta para tomar notas.
—Insisto. —Jamás había escuchado unas letras deslizándose tan bien por los labios de alguien—. Luna, habitación uno. —Escribió en la hoja del papel y luego me dio unas llaves—. Es la primera por ese pasillo. No tardo.
—Me ducho y te espero aquí.
—O yo te espero a ti —me retó.
Raven me guiñó un ojo antes de correr hacia donde supuse que estaría su coche. Después miré las llaves que había en mis manos y suspiré antes de dirigirme hacia la habitación que tenía una puerta decorada con un marco con el número uno justo en mitad.
Abrí y sonreí sin querer al ver la habitación decorada con muebles nuevos y muy muy limpios, haciendo contraste con el recibidor o el exterior del motel, que parecía más antiguo. ¿Sería un negocio familiar y Raven lo reformó para personas más jóvenes?
Me quité la mochila y la dejé contra la mesita de noche antes de tirarme de espaldas en la cama. Estaba agotada y cuando noté que daba una cabezada, sacudí la cabeza para dirigirme a la ducha. Cogí una de las toallas, colocándolas sobre el lavabo, lo más cerca posible de la bañera, y después abrí el agua del grifo mientras me desnudaba rápidamente, quitándome la coleta por el camino.
Di un largo suspiro al sentir el agua fría cayendo sobre mi cabeza y todo mi cuerpo acalorado, y apoyé las manos sobre la baldosa. Luego recordé el asco que me solía dar tocar las paredes de los baños «públicos» y abrí los ojos, encontrándomela increíblemente limpia.
Terminé de ducharme, encontrándome mucho mejor, más limpia y fresca. Como si hubiera vuelto a nacer. Fui a la cama, sentándome en ella con el cuerpo rodeado por la toalla, y saqué ropa limpia de la mochila. Una camiseta de tirantes azul y ceñida, y un pantalón largo y negro de tela fina, ideal para el verano.
Cuando salí me encontré con Raven ya en el recibidor, sentada en una de las sillas de la zona de espera con una revista entre las manos. Pareció no notarme, así que aproveché para observarla un poco desde mi distancia. La atracción había sido inmediata, pero no imaginaba que me fuera a pasar en ese momento en el que me había centrado más en otros asuntos que no implicaban una relación —ni de una sola noche—.
Raven parecía haberse aseado, al menos la mancha de la mejilla ya no estaba, y se había cambiado de ropa a unos vaqueros ceñidos y una blusa de color beige que tenía un par de botones desabrochados. ¿Era yo o esa chica era realmente atractiva? Se había vuelto a peinar, recogiéndose mejor los mechones sueltos que tenía anteriormente, y podía ver mucho mejor su rostro desde mi posición.
Intenté disimular cuando Raven levantó la cabeza y nuestras miradas conectaron, pero probablemente me pillo contemplándola como una idiota, porque volvió a sonreír divertida.
—¿Estás ya lista?
—Sí, cuando quieras podemos irnos.
Raven se levantó y me indicó con un movimiento de su mano que la siguiera fuera del motel. El calor me golpeó en la cara sin ninguna consideración y me quejé internamente, avergonzándome antes de tiempo por el sudor inminente y su posible olor. No quería desagradar a la mecánica.
—Pondré el aire acondicionado. —Raven parecía que leyó mi pensamiento, porque lo dijo nada más nos sentamos en su camioneta—. Tengo un gancho detrás, servirá para transportar tu coche hasta aquí y así lo veo más detenidamente, en el caso de que no pueda solucionarlo en el momento.
—Va a anochecer en breve, si prefieres trabajar en tu garaje, lo entiendo. Puedes traerlo directamente aquí —le dije con media sonrisa, ¿por qué me ponía tan nerviosa?
Raven era de las típicas chicas que te quitaban el aliento, me había encontrado con algunas a lo largo de mi vida: seductoras, atrevidas y, al mismo tiempo, misteriosas. Y era guapa, muy guapa. En serio.
—¿Y qué te trae por aquí, Luna? —preguntó Raven de forma casual mientras nos poníamos rumbo a mi coche tirado.
—Volvía a Connecticut desde Nueva York, de visita a los progenitores —expliqué.
—Así qué vives en Nueva York. —Sonrió. Sí, no podía dejar de mirarla—. ¿Qué tal es la vida en la gran manzana?
—Agotadora.
—Me lo imagino.
—¿Tú vives aquí?
—En el motel, sí.
—¿Tú sola?
—Desde hace dos años.
—Entonces, vives en un motel del que eres la dueña y además eres mecánica —enumeré lo poco que sabía de ella.
—Lo sé, soy un buen pack de mujer ideal —flirteó.
Noté calor en las mejillas automáticamente y observé la carretera cuando vi que me miraba de reojo. Debía tranquilizarme, pero ¿era real aquello? ¿Raven estaba lanzándome la caña? Porque si era así, iba a picar en dos segundos. Demasiado tentador. 
—¿Por qué no has ido por las carreteras de Chatham? —Raven cambió de tema—. Te ahorrarías casi una hora de camino.
—¿Quieres la verdad? —La castaña asintió, mirándome de reojo—. Me equivoqué de salida —confesé—. Eso y mi coche ha explotado… No ha sido un viaje muy agradable.
—Bueno, la parte positiva es que estoy aquí para ayudarte.
—Sí, has sido lo único que he encontrado en diez millas.
—Un ángel de la guarda —alardeó.
—No te pases. —Solté una risita y disfruté del camino a su lado.
* * *
Segunda pieza.

Raven insistió en que cenara con ella esa noche, y acepté debido a que lo haría sola y porque me lo pidió de forma adorable y sexi, tenía la capacidad para hacerlo de las dos formas al mismo tiempo. Habíamos estado hablando todo el día, menos el rato que estuvo mirando el coche, que la dejé a solas para que hiciera su trabajo. ¿El estado del coche? Además de que las pastillas de freno parecían a punto de desaparecer de lo mal que estaban, la batería se había chamuscado, por lo que necesitaba una nueva que llegaría a lo largo del día siguiente. Raven no quiso cobrarme nada, a pesar de que insistí mucho, tan solo tenía que pagar la nueva pieza que colocaría para que pudiera partir hacia mi destino.
Me volví a duchar una vez más —aprovechando que la dueña del motel lo hacía tras manipular mi coche—, ya que el calor estaba siendo insoportable: a la temperatura ambiental se le había unido el cuerpo de Raven. En serio, me tenía hipnotizada y no podía dejar de mirarla.
No pude quitármela de la mente en las horas que no estuve a su lado, y admito que me quedé unos minutos dormida en aquella cama tan cómoda y que soñé con aquella sonrisa. Me sentía muy atraída por ella desde un principio, pero es que el conversar de sus conocimientos en mecánica o de nada en concreto me había provocado cierto cosquilleo en el estómago. Muy raro y muy rápido, ¿no?
Intenté que mis rizos lucieran bien para la cena que iba a tener el honor de compartir con la mecánica. Y mientras me miraba en el espejo, me planteé seriamente no perder esa oportunidad de tener una pequeña aventura con aquella chica tan sensual. En serio, mi coche no había fallado nunca y se para justo cuando me equivoco de salida, justo en la carretera que pasaba por el motel de Raven. Tenía que significar algo.
Intenté que se me notara algo de escote, no es que tuviera mucho que enseñar, pero lo que tenía no lo escondía. Comprobé que el pantalón se me ajustara bien en las zonas remarcables y suspiré antes de decidirme a salir en busca de la cocina, donde Raven me dijo que estaría preparando la comida.
Perdí el aliento al ver la falda larga y veraniega que llevaba de colores grises y negros, y mostraba su gemelo izquierdo por cómo la tenía atada a un lado. La camiseta era ceñida y me mordí el labio al ver cómo lograba dibujar el final de su cintura y el inicio de sus caderas a la perfección. Además, el pelo lo llevaba suelto y ligeramente humedecido, como yo lo tenía tras la ducha.
—Huele muy bien —anuncié mi llegada y Raven me miró por encima del hombro, sonriendo ligeramente y recorriéndome con la vista—. ¿Qué es?
«Si no te tranquilizas, no vas a conseguir ni otro guiño».
—Que me he quitado la grasa del coche.
Raven me sonrió tras girar la cabeza hacia mí y quedamos bastante cerca por estar observando lo que cocinaba. Miré sus ojos antes de recorrer su rostro y tragué saliva porque me quedé con la garganta seca: desde esa distancia solo mejoraba.
Se me paró el corazón en el instante en el que aquel marrón bajó hasta enfocar mi boca, y tuve que lamerme los labios antes de imitarla y contemplar los suyos porque, de repente, me moría por besarlos. No es que antes no quisiera, pero eso de «morirme», pues tampoco. En ese momento sí, me moría y mucho.
«Vamos, Luna, da algún paso y movilicemos esto».
Me atreví a levantar mi mano hasta apoyarla contra su baja espalda, justo encima de la curva que se dirigía peligrosamente hacia su culo. Vi que Raven intentaba mirar el gesto, apenas bajando la vista, pero no tardó en observarme directamente con media sonrisa.
—¿Te gusta la comida mexicana?
—Me encanta —admití, y me aclaré la garganta al notarme la voz ronca.
—Espero que te guste cómo cocino yo entonces. La comida mexicana tiene su truco, aunque pueda parecer que no.
—Seguro que me gusta cualquier cosa que me pongas tú de comer.
Uf, me había costado, pero lo solté y me gustó la reacción de Raven. Esa sonrisita que me dedicó me derritió hasta el alma, y eso era difícil en mí, pero parecía que la mecánica lo tenía todo de su parte para poder conseguir estas reacciones en mí.
—Esperaré con ansias tu opinión cuando lo pruebes.
—Estoy deseando probarlo, créeme.
Calor. Calor por todos lados. Porque sentí una oleada de calidez que iba de su cuerpo al mío, o del mío al suyo. O de forma bidireccional.
«Mierda, bésala. Comer está sobrevalorado».
Me incliné, dirigiéndome sin frenos a su boca, y la vi cerrando los ojos antes de poder disfrutar del tacto de sus labios. ¿La sensación? Indescriptible, y eso que únicamente atrapé el superior de Raven, disfrutando de la ligera humedad que los cubrían por habérselos lamido recientemente. Deslicé la mano por su espalda hasta sujetarla por la cintura, rodeándola con mi brazo, y me gustó el que fuera algo más bajita que yo, a pesar de llevar unos zapatos altos.
Me separé para mirarla y ver su reacción, y suspiré cuando Raven atrapó mis labios de nuevo y apoyó los dedos en mi mejilla, acariciándola hasta enredarlos en los rizos de mi nuca. Entreabrí la boca y profundicé el gesto mientras giraba a la mecánica para que quedara frente a mí y poder pegar nuestros cuerpos mejor.
—Espera —pidió agitada y la solté por miedo a haberme pasado, pero Raven tan solo se giró para apagar la hornilla y retirar la sartén—. ¿Por dónde íbamos?
Iba a ser más que un beso, ¿verdad? Uf, comer sí que estaba sobrevalorado. Aunque, ¿quién decía que no iba a hacerlo?
—Joder.
Raven rodeó mi cuello y nuestras bocas volvieron a fundirse la una con la otra. Me gustaba mucho cómo tocaba mi pelo y cómo recogía varios rizos en su puño. Di unos pasos hacia adelante, porque necesitaba una superficie, algo para poder apoyarla y disfrutar de ella, pero no me conocía el sitio para ir a ciegas.
Gemí al sentir cómo Raven mordía mi labio inferior y la miré extasiada por la situación. Entonces se separó de mí y agarró mi mano, tirando de ella y llevándome hacia el pasillo de las habitaciones. El corazón estaba a punto de salírseme por la garganta, pero merecería la pena no tenerlo.
Abrí la puerta decorada por el número uno y esa vez fui yo la que tiré de su mano para que entrara detrás de mí. La calidez de su cuerpo me envolvió en el momento en el que me aprisionó contra la pared que había junto a la puerta, y entreabrí los labios para dejar pasar su lengua. ¿Quién me iba a decir esa misma mañana que acabaría con una mujer así en una habitación de un motel? O justo cuando el motor de mi coche se estropeó.
—Mierda, espera. —Volvió a frenarnos.
—¿Qué sucede?
Pasé las manos por sus mejillas, algo preocupada, y Raven se mordió el labio mientras me miraba.
—Voy a cerrar el motel, no quiero que nadie nos interrumpa. —Tras decir eso, me besó de forma intensa y sujetándome la nuca—. Un segundo y vuelvo —prometió antes de salir de la habitación.
Suspiré pesadamente, no podía creerme que estuviera pasando eso de verdad. En mi vida no me había acostado con demasiada gente, y siempre había sido tras varias citas para así conocernos un poco. ¿Se podría aplicar a Raven? Estaba claro que tras la conversación de la tarde la conocía un poco, sí. No era motivo para estar nerviosa entonces.
Miré hacia la cama y luego la puerta de nuevo. ¿Me quedaba justo donde estaba o mejor me tumbaba ya? ¿Me desnudaba y ahorraba trabajo a la mecánica o esperaba a que ella lo hiciera? Demasiado para pensar teniendo en cuenta que el riego sanguíneo en mi cerebro se había mudado a otras partes que necesitaban más activación.
Raven llegó y si la goma de mi pantalón hubiese estado más suelta, habría acabado en el suelo nada más verla quitándose el nudo de la falda y dejándola caer al suelo. Antes de que pudiera decir nada, la mecánica me volvió a besar y no pude evitar acariciar la zona de sus muslos que mis brazos me permitían, apenas bajando de lo que eran sus caderas, pero su piel se sentía muy cálida y suave bajo mis dedos.
Suspiré al sentir cómo mordía mi labio al mismo tiempo que emitía una especie de gruñidito y apoyaba las manos en mis hombros para dirigirme a la cama. Tras el mordisco, Raven lamió la zona, provocándome un escalofrío mientras me dejaba sentar en el colchón y la recibía a horcajadas sobre mis piernas.
Ahora pude recorrer sus muslos mejor y, joder, se notaba que hacía ejercicio, todo el que no hacía yo. Apreté mis dedos sobre su piel, intentando devolverle el beso en todo momento, pero la sensación que experimentaban mis manos al tocarla estaba siendo demasiado intensa. La mecánica pareció entender mi incapacidad a la hora de mover mis labios, y bajó hasta mi cuello, apartando varios mechones de pelo y besándolo. Esa vez, tuve que gemir.
Raven agarró mis manos y las llevó hasta sus nalgas, y aproveché para pegarla a mi vientre en un movimiento brusco al sentir cómo la excitación más plena se adueñaba de mi cuerpo.
—Te necesito, Luna —murmuró, provocándome un nuevo escalofrío, acariciando mi piel con sus labios hasta llegar a mi oreja y poder susurrar con voz ronca—: Necesito que me folles.
La puse contra el colchón en un solo movimiento —jamás tendré una explicación de cómo lo hice—, y la besé intensamente en los labios, tragándome sus gemidos cuando aproveché para moverme contra su intimidad, sujetando sus piernas, que me rodearon la cintura.
Era demasiado perfecta incluso en esa situación tan cálida, jamás pensé que una persona podía ser tan erótica y sensual como lo era Raven. Bajé por su cuello, queriendo descubrir su anatomía. Despacio, sin prisas, porque la mecánica cerró el motel para poder tener todo el tiempo del mundo. Toda la noche, y firmaba también por el día de mañana hasta que llegara la maldita pieza que me separaría de ella.
Su cuello era suave, pero la zona de su clavícula era extrañamente sexi, así que me entretuve besando sobre su hueso antes de lamer la zona de su garganta hasta acabar en su barbilla, la cual succioné ligeramente antes de besarla de nuevo mientras aprovechaba para acariciar sus costados. Raven deslizaba las manos una y otra vez por mi espalda, y jugaba al mismo tiempo con varios rizos, dedicándome suspiros y sonidos placenteros que me hacían disfrutar de forma auditiva.
Bajé de nuevo, y tiré del escote de su camiseta con los dientes a la vez que se la subía desde abajo, descubriendo su vientre ejercitado a la vez que observaba la línea de unión entre sus pechos. Sujeté el escote de la camiseta con un dedo para poder trabajar con mi boca, besando la zona de sus senos que dejaba visible el sujetador antes de tirar de sus brazos para sentarla y sacarle la prenda sobre la cabeza.
Nos besamos en esa postura y aproveché para encontrarme con la piel de su espalda, estimulando cada zona de esta antes de desabrochar su sujetador y dejarla desnuda de cintura para arriba. La observé y me quedé sin aliento momentáneamente, porque tenía unos pechos increíbles, a pesar de no tener los pezones completamente endurecidos: misión que estaba pendiente de cumplir.
Raven se recolocó, apoyando sus codos en el colchón y moviéndose hacia la almohada para cambiar de postura en la cama a otra más cómoda, y yo trepé por su anatomía antes de tumbarme completamente sobre ella, besándola de nuevo.
Por un momento pensé que la mecánica iba a decir algo, pero se le debió olvidar cuando llevé una de mis manos a su pecho, apretándolo con suavidad antes de dedicarme al pezón. Raven echó la cabeza hacia atrás al mismo tiempo que gemía, y sonreí al fijarme en que tenía bastante sensibilidad en esa zona. ¿Sería igual si trabajaba con mi lengua? Era cuestión de probarlo.
Deslicé mi lengua por su clavícula, cerrando los ojos por sus reacciones tan increíbles, y cuando llegué a sus pechos no tardé demasiado en atrapar uno de los pezones y sentirlo por primera vez en mi boca.
—Sigue. —La escuché entre jadeos, y por supuesto que seguí.
Disfruté de la forma de sus pechos, de su respuesta y de lo duro que se quedó su pezón en mi boca antes de subir y besarla otra vez.
—Luna, te necesito, por favor. —Sonó desesperada, aunque no sabía si tanto como yo.
Bajé la mano por nuestros cuerpos y tanteé un poco antes de posar mis dedos sobre su intimidad, notando la prenda que aún la cubría empapada.
—Joder, Raven —quise que supiera por palabras lo mucho que me estaba gustando aquello.
Me arrodillé y me quité la camiseta, al menos necesitaba notar algo de piel con piel. Y nos sonreímos cuando la mecánica me susurró que me desnudara completamente. Lo hice y aproveché que estaba de pie en la cama para hacer lo mismo con ella. Mordí mi labio mientras me tumbaba sobre su cuerpo, nerviosa porque Raven también iba a notar lo mojada que estaba yo.
Nos besamos y nos movimos un rato contra el muslo de la otra, compartiendo gemidos en el beso y disfrutando de cómo nos humedecíamos.
Más.
Eso necesitaba.
Y primero quería más de Raven, así que volví a colar mi mano entre nuestros cuerpos para tocarla directamente por primera vez. La sensación fue más agradable que de normal con otras chicas, quizás porque era ella o porque era la primera vez que me sentía así. Ambas válidas.
Moví mis dedos por todos lados, hacia arriba y hacia abajo, y muy lento, provocando que Raven sacudiera las caderas en busca de más contacto, gimiendo con los ojos cerrados. Era preciosa. Me mordí el labio mientras contemplaba sus labios separados en busca de aire o expulsando el poco que tenía con sonidos de placer, y me pregunté justo en ese momento cuál sería el sabor que escondía en su bajo vientre.
—Te necesito en la boca —anuncié, por si acaso ella prefería otras cosas, y disfruté del brillo de su marrón cuando me miró y asintió, mordiéndose también el labio.
La besé unos instantes antes de bajar de nuevo por su cuerpo, cubriéndola de besos y humedeciendo su piel con mi lengua. Me noté ansiosa, más de lo normal, cuando me entretuve con su ombligo y pude ya sentir el olor de su excitación. Era la primera vez que mis cinco sentidos quedaban tan activados, y quería mejorar el del gusto. Sabía que mejoraría.
Hinqué mi lengua en ella y disfruté de cómo sus flujos cubrían la cubrían al completo. Gruñí un «joder» ahogado antes de dedicarme a beber todo lo que me ofrecía.
* * *
Lo primero que vi al abrir los ojos fue el rostro tranquilo de Raven, que dormía bocarriba en el colchón. Su pelo castaño estaba colocado hacia arriba, probablemente para que no le molestara e hiciera pasar más calor del necesario. Ambas estábamos sobre las sábanas, no nos hizo falta taparnos debido al aumento de la temperatura con las sesiones de la noche anterior.
Fue lo más increíble que me había pasado nunca, y lo mejor que me podría haber sucedido en esos momentos. Me mordí el labio recorriendo el perfil de la chica lentamente, deleitándome con la curva de sus pechos mientras subían y bajaban con su respiración pausada. Quise acariciarla hasta poder enderezarlo y jugar con ellos como la noche anterior, pero me controlé y volví a admirar su rostro.
La conexión que tuvimos fue especial y no debí ser la única en notarlo, o al menos no quería admitir esa posibilidad. La pieza que necesitaba para arreglar el motor de mi coche llegaría ese día y, por lo tanto, yo tendría que partir, pero ¿y si faltaba otra pieza?
Me moví con cuidado en el colchón y me coloqué la ropa que iba encontrando esparcida por la habitación número uno de aquel motel antes de salir hacia donde se encontraba mi coche. Busqué las llaves en las mesas de trabajo que había en aquel garaje que Raven utilizaba de taller y, nada más me hice con ellas, arranqué el vehículo para colocar las ruedas sobre las placas de elevación.
Era una misión un tanto suicida, pero cometería cualquier locura para quedarme, aunque fuera un día más. El coche no quedó a una altura muy elevada, ya que tenía que actuar rápido, así que me hice con una tabla con ruedas que Raven utilizaría para colarse debajo de los vehículos que le llevaban.
Suspiré cuando vi el coche por debajo, ¿quién coño entendía para qué servía todo aquello? Observé cada una de las cosas extrañas que componían el vehículo antes de coger el destornillador y decidirme por lo que parecía más grande. Usé toda la fuerza de la que disponía y me quejé al notar las agujetas de la sesión con Raven, lo que me recordó que tenía una misión que cumplir antes volver con sigilo a la habitación de nuevo.
Grité para clavar aquel destornillador en aquella especie de caja y provocar un escape de lo que fuera con tal de que no funcionara y no poder partir ese mismo día.
—¡Oh, Dios mío! —exclamé y tuve que moverme cuando un líquido bastante pastoso y denso empezó a caer por mi cara: era el aceite del coche.
Me levanté y vi lo pringosa que estaba mi camiseta… Bueno, ahora que la veía mejor, pude comprobar que era la de Raven. Esperaba que se fuera fácilmente y no haberle destrozado la prenda.
Escuché un carraspeo y, cuando levanté la cabeza, vi a Raven observándome con media sonrisa dibujada en su cara, los brazos cruzados y el cuerpo apoyado en una de las mesas de allí. Iba tan solo con la falda de la noche anterior —había improvisado con la tela de esta un vestido corto para que tapara también sus pechos—, y mi cuerpo entero se encendió ante la visión.
—¿Algún problema? —preguntó risueña y yo me aclaré la garganta antes de contestar.
—Creo que vamos a necesitar otra pieza.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.