Capítulo 2: La actriz porno.

Componer siempre había sido su afición. Desde muy pequeña aprendió a tocar diferentes instrumentos y había perfeccionado su técnica con los años, hasta tal punto que acabó trabajando en lo que más le gustaba: la creación de melodías y canciones.

Se fue de casa joven, ya que consiguió ahorrar tocando en distintos bares o fiestas durante toda su adolescencia, y era lo que siempre había necesitado: poder ser dueña de ella misma. Desde entonces había vivido sola, y la oportunidad de trabajar en una discográfica pequeña le daba lo necesario para poder alquilarse un pequeño apartamento en un edificio antiguo, tranquilo y lleno de vecinos mayores medio sordos —o sin el «medio»— que no protestaran cuando estuviese trabajando.

Jamás había tenido problemas allí, a excepción del jueves pasado, que acabó yendo la policía a su casa por primera vez porque alguien protestó por el ruido. A final no fue nada, tan solo una advertencia, pero no supo quién la delató. Quizás alguna hija o nieta amargada que habría ido de visita y que no soportaba nada más allá del silencio más absoluto. Le había dado vueltas esos días, pero decidió dejarlo pasar. Además, en esos instantes tenía trabajo que hacer y no podía estar despistada con otros temas.

Sacó las partituras y su cuaderno de notas donde se leía una canción a medio escribir. Cogió su guitarra acústica y se sentó en su sofá de cuero con el instrumento apoyado en sus piernas. Miró la partitura, recordaba cada una de las notas, pero la necesitaba cerca por si la continuaba o modificaba por alguna razón. Empezó a tocar y cerró los ojos, dejándose llevar por el sonido que producía, cantando mentalmente lo que llevaba de canción, intentando que las letras fluyeran para…

Tocaron al timbre y paró de tocar, mirando hacia la puerta. ¿Quién sería ahora? Que ella supiese no había invitado a nadie a su casa aquella tarde.

Abrió la puerta y se encontró con una chica algo más baja que ella, rubia y con ojos azules, que la miraba seria. Llevaba un peto ancho vaquero y debajo una camiseta blanca muy manchada con distintos colores.

Si ella no había llamado a nadie para que le pintasen la casa…

—Hola. —Se extrañó al no recibir palabra alguna de la chica.

—Hola, vivo enfrente. —Señaló detrás de ella, consiguiendo que mirara a la puerta abierta de su vecina, que resultaba ser aquella chica. Por fin la conocía.

—Ah —susurró aún sin saber a qué había ido esa chica a su casa, dando pie a que continuara con su discurso inexistente, pero no hablaba, así que se apoyó en el extremo de su puerta—. ¿Necesitas algo?

—Sí, necesito silencio. Estoy trabajando y me molesta el ruido que haces. —La miró sin creerse lo que estaba escuchando, era la primera vez que definían lo que hacía con esa palabra.

—¿Ruido? —Frunció el ceño—. Es música.

—Música, ruido… Lo mismo es. —A sus estúpidas añadió palabras un movimiento de mano que hizo que alucinara.

—No, no es lo mismo —protestó—. Yo también estoy trabajando y siento si te molesta, pero no voy a dejar de hacer «ruido».

—Entonces tendré que avisar a la policía. —La vio mirar su reloj de muñeca. ¿Perdona? ¿La policía por el sonido de una guitarra?—. Tienes hasta las doce para pensártelo.

Un momento… ¡Fue ella!

—¿Fuiste tú la que llamaste? —Para rematar, se dio la vuelta sin contestarle, entrando a su casa.

Increíble, simplemente increíble. ¿Había llamado su vecina de enfrente a la policía por la fiesta del jueves y pretendía hacerlo también por estar tocando una guitarra? ¿En serio? ¿Se habría caído de la cama de pequeña?

Miró hacia la esquina del salón, que suponía que daba al salón de la rubia, y sonrió internamente. Si había algo que la desestresaba era tocar aquella belleza que se compró tras haber ahorrado una buena cantidad de dinero.

Se sentó en el pequeño banco frente a la batería, y empezó a tocar primero lento y despacio una de sus canciones favoritas de AC/DC, para después empezar a ir más y más rápido, golpeando más fuerte, y aun así logrando que sonara exquisitamente bien. No podía llamar a eso «ruido», era una maravilla del universo. Golpeó más fuerte, intensificando el sonido, y esperando que su querida nueva vecina entendiese que lo que hacía en ese momento sí que era molestar a propósito.

Sonrió al escuchar el timbre y dejó de tocar, apoyó las baquetas con cuidado en su sitio antes de levantarse, sintiéndose más orgullosa cuando escuchó unos puños dando contra la puerta.

—¿Qué? —preguntó a la chica que tenía cara de gato enfadado.

—Creo que ambas tenemos ya una edad para no hacer cosas de niños pequeños, ¿no?

Si no hubiese sido porque reírse de ella habría sido una humillación mayor, lo habría hecho.

—Y también tenemos una edad para no comportarnos como viejas de ochenta años, ¿verdad?

Vio cómo abría la boca sorprendida antes de volver al gesto anterior de enfado. Se asustó un poco cuando su dedo índice la señaló, quedándose frente a su cara. Esperaba que no se hubiese notado.

—Es mi último aviso.

Para continuar con la burla hizo el saludo militar mientras sonreía y, dando un paso hacia atrás, cerró de un portazo.

Dejó unos minutos para que la chica creyera que le había hecho caso antes de ponerse con la guitarra eléctrica. Tiempo suficiente para hacerse un sándwich vegetal: estaba hambrienta de repente.

*             *             *

Primero, no se iba a escandalizar por la situación, porque el sexo nunca había sido un tema que le diera pudor, y era normal que su vecina lo practicara a pesar de ser una estirada y tener una edad mental comprendida entre los setenta y la muerte. Tirando más por arriba.

Segundo, gritaba mucho y la escuchaba perfectamente, tanto que temía mirar a su derecha y encontrar a la pareja follando a su lado.

Tercero, hacía mucho tiempo que no lo hacía, que no estaba con nadie en una situación más íntima, y la verdad es que estaba un tanto necesitada. Y «mucho» era equivalente a un par de semanas, pero era ya demasiada sequía sexual para ella.

Se levantó frustrada y empezó a caminar hasta colarse en la cocina con la intención de hacerse una tila para relajarse. Se sentó en la pequeña mesa con la taza entre sus manos antes de acordarse de que había tendido su ropa esa mañana. Recogerla quizás era otro método eficaz para cansarse y poder dormir antes.

Abrió la ventana y tocó una de las camisetas que tenía colgada comprobando que aún estaba mojada. ¿Cómo era posible? La cogió y la miró dentro de la cocina para verla a la luz. ¡Estaba manchada!

—¿Qué mierda? —Empezó a coger toda la ropa, que aún estaba húmeda, y en las prendas claras se apreciaba un color sucio, como beige. Miró por la ventana y se fijó en la botella de refresco vacía que había apoyada en la ventana de su vecina—. Hija de…

Metió la ropa otra vez en la lavadora y la puso mientras cogía su móvil, metiéndose en una de sus redes sociales para mirar los mensajes privados. No es que fuese famosa, pero muchas tías le mandaban mensajes tras verla actuando en el bar donde estaba contratado su grupo, algunos tíos también, pero le interesaba menos —o más bien nada—. Deslizó su dedo por la pantalla, comprobando las fotografías de las chicas para encontrar alguna que estuviese buena. ¡Qué mínimo!

*             *             *

—Vamos, no te quejes. Te traigo clientela cada vez que vengo y por una cerveza no te vas a morir. No seas rata, Anna. —La chica frunció el ceño y acabó por servirle la bebida desde el otro lado de la barra.

—Esta vez te la has buscado por las redes sociales, ¿no te da miedo?

—¿Miedo el qué? —Alzó las cejas sin entenderla—. Solo quiero tirármela y desaparecer. No tengo ganas de estar en casa: últimamente tardo mucho en dormirme.

—Falta de sueño y de sexo. Lo tienes todo. —Se burló su amiga, bajista de su grupo y, además, jefa en la compañía discográfica en la que trabajaba.

—Estoy por solucionar lo último. —Cambio de tema, sin darle más importancia de la necesaria—.  ¿Cómo va el disco?

—Anthony está hablando con el representante, creo que va viento en popa. Quizás en unos años no tengo que trabajar más aquí. —Señaló la barra del bar.

—Trabajas aquí porque te da la gana. Se puede vivir perfectamente tan solo con la discográfica y el grupo. —Le recordó, como cada vez que se quejaba de no tener dinero para nada.

—¿Por qué no quieres estar en tu casa? —Rodó los ojos cuando vio que volvía a pasar de ella.

—Tengo una nueva vecina. Actriz porno —añadió, recordando sus gemidos.

—¿En serio? —Se sorprendió—. ¿Podemos hablar con ella algún día?

—No, no creo que sea esa su profesión. —Rechazó su oferta—. Estaría más contenta. —Suspiró antes de volver a dar otro trago—. Está follando con su novio y me fui a la cocina porque las paredes son de papel y lo escuchaba todo, pero ¿sabes qué fue lo peor?

—¿El qué? —Se unió Anthony, que estaba allí con su nueva chica, a quien miró con su mejor sonrisa.

La observó de arriba abajo, descarada, recibiendo un golpe de Anthony. Estaba muy buena, qué partidazo había conseguido su amigo.

—Que roció una botella de cola sobre la ropa que tenía tendida. —Volvió al tema que trataban—. ¡Está mal de la cabeza! —Señaló su sien, golpeándola un par de veces con su dedo.

—¿Y tú qué le hiciste para que te hiciese eso? —Se atrevió a preguntar Anna.

—¿Yo? Yo nada, estuve tocando en casa, liada con las canciones. —Volvió a dar un sorbo a su vaso, y vio que Violet la miraba fijamente—. ¿Qué tal, guapa? —se dirigió a ella, sonriendo de nuevo.

—Bien, ¿y tú?

—Desde que has venido tú, mucho mejor.

Se situó a su lado, y colocó su mano sobre su cabeza burlándose de su estatura antes de rodear su hombro con su brazo.

—Violet tiene una propuesta para nosotros —comentó Anthony mientras ella se entretenía en tocarle el pelo a la chica mientras hablaba.

—En mi cumpleaños voy a ir con mis amigas a un camping, y me preguntaba si queríais venir vosotras también. Ya sabéis que siempre hace falta gente que toque y cante frente al fuego. —Sonrió divertida.

Ambas aceptaron la propuesta, y ella se inclinó contra Violet para susurrarle al oído:

—En los campings también se necesita gente para hacer guarradas contra los árboles. Si quieres experimentar…

La chica rio, dándole un manotazo antes de escapar de su agarre. Se llevaba muy bien con ella, habían coincidido ya más de una vez y ambas se traían ese juego.

Levantó la vista mientras daba un sorbo a su cerveza y vio a la chica de las fotos entrar al bar, y se despidió de sus amigos para ir hacia ella con una sonrisa en el rostro.

—¿Quieres tomar algo? —ofreció tras darle la mano como saludo.

Le sorprendió que se lanzase ella la primera, colocando su mano en su nuca y besándola profundamente.

—Podemos pasar de formalidades e ir a la acción directamente. —Ups, Anna no iba a tener ingresos por su parte ese día—. Mi apartamento no está muy lejos de aquí —añadió.

Ya en el ascensor empezaron a devorarse la boca la una a la otra y a moverse, chocando sus cuerpos una y otra vez. La chica parecía desesperada, más incluso que ella misma, y coló, como pudo, su mano bajo sus estrechos pantalones para empezar a tocarla. Entraron a su apartamento a trompicones, lanzó su chaqueta de cuero al suelo y se deshizo de la camiseta de la chica rápidamente, realizando lo mismo con la suya propia. Se dejó caer en el sofá cuando la empujó contra él, uniendo sus bocas en otro beso. Entonces, mientras le besaba el cuello, abrió los ojos. Y le faltó poco para gritar con horror.

Había fotos suyas por todos lados —sacadas de sus redes sociales, seguro—, incluso en un puto cuadro en la pared. Estaba tan entretenida observando las fotos que decoraban el salón, que no se dio cuenta de que bajó sus pantalones hasta que su boca estaba enterrada en su entrepierna. Cerró sus ojos por el placer, tampoco era una piedra, y la observó unos segundos, comprobando que mantenía su ropa interior apartada para poder mover mejor su lengua por toda su intimidad.

No, no, no… Está loca, Kate, despierta.

Volvió a mirarla entre sus piernas. La chica estaba muy concentrada, tanto que logró que se le escapase un gemido cuando succionó su clítoris. Agarró su pelo, dejándose llevar por las oleadas de placer, y la acercó más a ella.

¡No! ¡Qué está loca! ¡Pirada! Seguro que le daba un orgasmo y hacía un ritual con ella antes de matarla e introducir su cuerpo inerte en una urna de cristal rellena de formol.

Agarró otra vez su pelo, y la separó de ella.

—¿Qué pasa? —preguntó confundida—. ¿No te gusta?

—Sí, sí me gusta. Me encanta —explicó, y la chica sonrió antes de sacar su lengua y recorrerla con ella de nuevo.

—¿Sabes? He quedado con alguien, seguro que me están esperando —dijo con voz dolorida, arqueando sus cejas.

Se dejó caer al suelo, intentando escapar, pero la chica se tumbó sobre ella, inmovilizándola.

—No son exactamente las cosas que quiero que me digas, Kate. —Movió sus dedos otra vez entre sus piernas—. Prefiero escuchar cosas como «Joder», «Sigue», «Voy a correrme en tu puta boca», «Méteme la lengua hasta el fondo» o «Así me gusta, putita». También puedes gritar mi nombre: Lily.

—No es necesario. La vida es mejor cuando se improvisa, esas frases están sobrevaloradas. —Intentó alejar la mano de la chica de su cuerpo.

—Sí, sí que es necesario, Kate. —Volvió a agacharse, dispuesta a continuar con lo que había empezado.

—Apártate, por favor. —La empujó suavemente, incorporándose mientras se subía los pantalones, que los tenía por los tobillos, y buscó su camiseta—. Ha sido un placer, me encantaría que repitiésemos, pero me voy a ir de viaje muy lejos.

—¿Cuándo volverás? —la escuchó preguntar justo en el momento en el que se ponía su chaqueta de cuero otra vez.

—Adiós, Lily —lo dijo de forma dramática antes de bajar los escalones del edificio de dos en dos.

Katherine Fox, has sobrevivido a la muerte una noche más.

*             *             *

Las risas de Anna era lo único que se escuchaba en el estudio en esos momentos.

—Pero ¿las fotos eran con Photoshop profesional o su cara recortada como los psicópatas?

—¡No me acuerdo! —Se apoyó en la mesa, enterrando su cara en sus brazos—. Creo que he tenido pesadillas esta noche con eso.

—Siento reírme tanto, pero lo que no te pase a ti… —Rompió de nuevo a carcajadas—. Puede que te lleguen cartas con letras recortadas de periódicos: «Debiste correrte cuando pudiste» —dijo con voz tétrica, pero no aguantó mucho y volvió a reír, limpiándose las lágrimas que brotaban de sus ojos.

—Han dicho que sí. —Se escuchó a Anthony, que era quien se encargaba de la parte de los contratos con cantantes o grupos—. Les han gustado las demos. Nos llamaran para concretar una cita y grabar las primeras canciones que quieren incluir en el disco.

—¡Genial! —Se levantó con una gran sonrisa en el rostro y chocó su mano con la de sus amigos y compañeros de trabajo.

—Esto va viento en popa, ya solo queda buscarle un ligue a Kate que no sea… —No terminó de decir la frase cuando estaba otra vez con sus carcajadas.

—Cállate ya. —Se hizo la molesta—. Voy a darle tu número para que te acose a ti. —Le lanzó una bola de papel a la que no paraba de reír.

—¡Eh! —exclamó emocionada—. ¿Qué me dices si Anthony y yo te preparamos una cita a ciegas? —Agarró el brazo del chico, que la miró divertido cuando puso cara de horror.

—¿Una cita a ciegas? Ni de coña. Después del trauma con Lily creo que voy a pasar de las mujeres durante una época.

—Vamos, así es más interesante. —Sonrió Anna—. Además, será alguien que conozcamos, al menos uno de nosotros. No buscaremos por Internet.

—No —zanjó el tema y se levantó para coger su guitarra.

—Primero cenas con ella, os conocéis y luego todos de fiesta para que comprobemos lo cuerda que está —intentó convencerla Anthony.

—Buscaremos una chica que esté buena. Que tenga buena delantera, como te gustan —añadió.

—Depende de cómo sean las tetas, me lo pensaría. De momento, rechazo vuestra oferta.

*             *             *

Miró las tres cajas de bombas fétidas que había alineado cuidadosamente junto a un tirachinas. ¿Infantil? Puede, pero la venganza iba a ser terrible. Era un poco maniática de la limpieza, y admitía que le había dolido lo que su vecina había hecho a su ropa recién lavada.

Abrió el paquete y miró el pequeño cristal con el líquido que olería probablemente a huevo podrido. Intentó no sonreír demasiado cuando vio la ventana de la cocina de la rubia abierta. Cogió el tirachinas, tensó la goma con la bomba preparada, apuntó, lanzó y acertó.

En puntería no le ganaba nadie.

Gastó una caja entera, las otras dos las guardó solo por si tenía futuras ocasiones para usarlas. Y, solo por si acaso, cerró su ventana.

Se sentó con su guitarra acústica sobre sus piernas y no terminó de tocar una canción cuando se hicieron audibles unos gritos en la casa de al lado. Sonrió con orgullo, pero borró el gesto cuando escuchó un ruido en su cocina y, al segundo, otro más. Ese último lo identificó como el de un cristal rompiéndose.

Corrió hacia allí para encontrarse un agujero en una de las ventanas. La abrió con cuidado para no cortarse y al otro lado se encontró con la chica con la cabeza sacada hacia el patio, intentando desesperadamente respirar aire fresco.

—¿Eres gilipollas o qué te pasa? —La escuchó decir con esa voz raspada que la caracterizó el día anterior.

Apoyó su mano en el marco con una sonrisa en el rostro, preparada para burlarse de ella, pero soltó una maldición al cortarse con un trozo de cristal que descansaba justo en ese lugar. Vio brotar la sangre de la palma de su mano y se movió por la cocina para coger un trapo que tenía en la encimera.

Escuchó el timbre, y abrió encontrándose con la rubia, mejor vestida que el otro día. Le llamó la atención su rostro, porque —en vez de enfado— mostraba preocupación.

—¿Qué quieres? —preguntó molesta, apretando el trapo sobre la herida.

—Deja que te mire. —Se acercó con su mano extendida para que le diera la suya, pero no lo hizo.

—Puedes volver a tu casa, estoy bien. —Los ojos azules de la chica bajaron a su mano.

—Estás manchando el suelo. Lo siento, me he pasado. —Agarró su mano sin permiso, retirando el trapo y poniéndolo debajo para que no cayera más sangre bajo sus pies. Vio cómo observaba la herida con detenimiento—. Lo siento —repitió con voz más suave—. Ven, deja que te lo cure.

La rubia llevó su mano entre las suyas, manteniendo su palma hacia arriba e hizo que la siguiera. Y entró por primera vez a su casa.

La estructura de sus pisos era idéntica, obviamente, pero parecía que su vecina era de las que recogía muebles en los contenedores, y el desorden era tal que sentía que no iba a poder soportar estar ahí dentro mucho más de dos minutos. Se fijó en que había un caballete a un lado del salón, sábanas por el suelo llenas de pintura, y un montón de lienzos: contra la pared, en el suelo, en una mesa, en el sofá… Seguro que abría la nevera y había otro dentro.

Cuando pasaron por la puerta de la cocina se pudo notar el hedor que emanaba de ella: asqueroso. Acabaron las dos en el baño, y la instó a sentarse en el váter. La observó moverse de un lado a otro, abriendo los muebles que tenía allí para ir recopilando cosas. Llevaba una camiseta básica de color celeste, y unos vaqueros muy ajustados, ladeó su cabeza con media sonrisa para poder observar mejor cierta parte de su anatomía. Muy, muy ajustados.

Giró su cabeza rápidamente, disimulando, cuando vio que se daba la vuelta. Malditas hormonas. Tendría que decirle a Anna que aceptaba eso de la cita a ciegas, al menos podría desfogarse un poco. Aunque después de la noche anterior…

Sintió un temblor de desagrado recorrer su columna al acordarse.

Su vecina se arrodilló frente a ella sin decir ni una palabra, y le echó un desinfectante. Escocía muchísimo, pero se mantuvo serena, como si fuese agua. Intentó distraerse con algo que no fuese ese pinchazo en la palma de su mano, así que empezó a escanear a la chica. Era guapa, lo admitía, aunque fuese una anciana por dentro. Siguió observándola mientras estaba entretenida curándole la herida, y sonrió al darse cuenta de las vistas desde arriba.

Guau, vaya tetas.

La rubia limpió con cuidado la sangre que había quedado en su piel, esmerándose incluso en quitarla de entre sus dedos. Los roces de sus manos lograron que sufriese un pequeño escalofrío que esperó que no notase. Entonces se fijó en sus manos también, comparadas con las suyas eran diminutas. No tenía claro si a esa chica le irían también las tías, pero esas manos le iban a servir de poco. Eso sí, tenía una boca muy interesante, quizás sabía usarla bien para compensar su discapacidad.

Una vez vendó su mano, los ojos azules de la chica la miraron fijamente, aún desde su posición, y le sonrió, esperando que no la hubiese pillado escaneando cada zona de su anatomía. La diferencia de altura le facilitaba las vistas.

—Gracias. —Se miraron unos segundos directamente a los ojos—. Estás más relajada, ¿fiesta anoche en la cama? —insinuó, llevándose una mirada molesta de la chica.

—¿Celosa?

—Puaj, no.—Sacó hasta la lengua, intentando demostrar lo desagradable que le resultaba la idea.

—No me refería a mí. —Oh.

—Menos mal. Además, para mí estás condicionada al olor de las bombas fétidas.

—Menuda idiota —murmuró, levantándose del suelo.

—Supongo que, con el «ruido» que hiciste ayer, tengo un vale para hacer el que a mí me dé la gana durante una noche entera, ¿no?

La vio fruncir el ceño, pero una sombra en movimiento llamó su atención a un lateral de su campo de visión, y cambió el punto de enfoque hacia el pasillo.

—¡Tienes un gatito! —exclamó al ver al pequeño gato negro.

Fue hacia él, agachándose para intentar tocarlo con su mano buena. El felino echó la cabeza hacia atrás, desconfiado.

—Veo que en esta casa no os gusto a ninguno de los dos. —La rubia sonrió de lado, sin decir nada—. Me voy, espero que te lo pases bien limpiando la cocina. —Se dirigió por el pasillo, escuchando los pasos de la dueña de la casa detrás de ella—. Ah, por cierto. —Se giró en la puerta de la entrada, observando por unos segundos esos ojos azules y aquella boca antes de continuar con su frase—: El cristal me lo pagas.

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